Como funcionaria pública y terapeuta, mi trabajo no se limita al horario de oficina. Las exigencias del día a día me han llevado a buscar distintas maneras de mantener mi atención y reducir los niveles de ansiedad y estrés que acompañan a la vida moderna. En ese camino, la meditación se ha convertido en un recurso tan desafiante como transformador.
La práctica de la meditación suele estar rodeada de prejuicios. Algunas personas la asocian únicamente con espiritualidad o misticismo; sin embargo, en esencia no se trata de nada de eso. Meditar es simplemente dirigir la atención plena hacia un objeto, una palabra, una sensación o incluso hacia el propio cuerpo. Es aprender a habitar el momento presente, concepto que también rescata la psicoterapia Gestalt al hablar del “aquí y el ahora”.
Cuando meditamos, entrenamos nuestra capacidad de observar sin juicio lo que ocurre en nuestro interior: un sonido, un olor, la presión del aire en la piel, o la tensión en alguna parte del cuerpo. Esta práctica no solo tiene beneficios emocionales, también está comprobado que ayuda a disminuir los niveles de cortisol —la hormona del estrés—, reduce la ansiedad, mejora el estado de ánimo y fortalece el sistema inmunológico.
Ahora bien, para meditar no se necesita un templo ni una rutina compleja. Basta con tres elementos:
1. Un lugar tranquilo, con el menor número posible de estímulos externos.
2. Una postura cómoda, que puede ir desde sentarse en posición de mariposa hasta recostarse en un sofá, siempre evitando quedarse dormido.
3. Una respiración consciente, que nos ayude a relajar el cuerpo y a enfocar la mente.
Un ejercicio sencillo es el llamado escaneo corporal: llevar la atención poco a poco a cada parte del cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, notando las sensaciones presentes. Puede acompañarse de movimientos suaves que refuercen la percepción, como mover los dedos de los pies o sentir la brisa al pasar sobre la piel.
El tiempo de práctica es flexible. Se puede iniciar con apenas cinco minutos y, con constancia, ampliar gradualmente la duración. Lo importante no es la perfección, sino la continuidad.
En un mundo que nos exige rapidez, productividad y resultados inmediatos, detenernos a respirar y escuchar nuestro cuerpo parece un lujo. Pero la meditación nos recuerda que también es una necesidad vital: un espacio íntimo de calma en medio del ruido, donde recuperamos atención, claridad y salud.